
Huímos de las ratas a través de sucias tabernas gobernadas por el alcohol. Bebimos el veneno recomendado por suicidas inexpertos. Saltamos al vacío con pesos en los pies... y seguíamos oyendo a las ratas.
El espejo mentía entre tus sucios recuerdos, y el perfume apestaba a absurdas circunstancias. La bala se paseó del cañón a tu pelo; pero eso jamás les importó a las ratas.
Volvimos al mar, al principio, a buscar como invertir la persecución mortal. Los peces insultaron nuestros vagos esfuerzos, y la luna se mecía antipática e insolente a la par. El buque ya no estaba. Las tabernas, cerradas. Las balas en huelga y el veneno ineficaz. Y las ratas... a punto de llegar.


