No huyas, maldito cobarde. Se está haciendo de noche y morirás. Nadie puede evitarlo, ni tus enclenques dioses egoístas y vagos, y menos aún ese par de esquejes que tienes por piernas.
Tiemblas de miedo, gritas de frío; sonríes tristemente y lloras a carcajadas con muecas tan torcidas como las ramas que sujetan los columpios vacíos.
Lentamente el silencio convierte en estruendos rítmicos los gritos agónicos de tu corazón delator, cual tambores de pánico en el llano de tu pecho.
Ya no puedes esconderte, nimio apocado. El diablo no piensa hacer tratos esta vez [...]



